| Soledad |
| Palco vip - La libreta del utillero |
| Martes, 29 de Noviembre de 2011 18:32 |
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El fútbol está repleto de buenos momentos, de reconocimiento, gloria, subidones de adrenalina y estampas de esas que se graban a fuego en la memoria. También abundan las injusticias y las zonas oscuras. Esta semana me ha dado por centrarme en el puesto más valioso y ambivalente de la plantilla, a mi entender.
La preferencia que siempre he sentido por los porteros nace del aislamiento connatural a su puesto, de la amarga ingratitud que generan sus fallos clamorosos, por visibles e irremediables. Surge de la escasa repercusión que tiene, no una tarde inspirada, sino una carrera sólida y fiable. El arquero vive permanentemente en el alambre, coqueteando con el peligro y ganándose a pulso la fama de último bastión, de apagafuegos. Ante el portero terminan todas las estrategias, las pizarras se desvanecen y se erige, en última instancia, el momento supremo: el cara a cara. Una confrontación casi pugilística donde todo se congela, al borde del segundo en el que se concentra todo lo demás. Entonces te asalta la insoportable responsabilidad de saber que eres el último, que de tus reflejos depende el trabajo de los otros diez. Si fallas, todo habrá sido inútil. Si aciertas, los músculos se relajan, dejas escapar el aire contenido y continúa el partido, que para algo estás bajo la portería. Ese es tu trabajo. Y todo eso pasa por tu cabeza en una millonésima de segundo. Y estás a solas. Siempre lo estás. El guardameta se enfrenta a la fatalidad siempre en solitario. Incluso en la victoria, ante el gol de un compañero, debe permanecer bajo los palos, celebrándolo casi en la intimidad, mascullando por lo bajo a la espera de la siguiente andanada del contrincante, sin acudir a la montonera, sin palmear la espalda del triunfador. Viendo el espectáculo de lejos y soportando los insultos de la grada a tus espaldas. No existen porteros “galácticos”, al menos no abundan. Porque es difícil destacar en un estadio a reventar, cuando nadas en un mar de soledad. El trabajo del día a día, en los entrenamientos, también está lejos de los rondos, las carreras y las bromas del resto del grupo. Te enfrentas con el balón y con nadie más. Con el esférico desarrollas una esquizofrénica relación de amor-odio. Cuanto más lejos lo veas, mejor. Pero cuando sientes su tacto en las manos, te reconcilias con todo y tu seguridad echa raíces. No. Definitivamente, el puesto de portero no es normal y corriente. Para ser un buen guardameta hay que estar hecho de otra pasta, pensar y actuar de un modo especial. Quizás por eso la personalidad del portero tiende a ser taciturna, habituada a convivir con los fantasmas que pueblan el área y se cuelgan del larguero. Siempre los he visto como singulares caballeros medievales, como ese Gandalf de Tolkien que se desgañita con un “¡No puedes pasar!”, como ese soldado exhausto que defiende la última trinchera a bayonetazos. Para ser portero hay que hacer funcionar la cabeza de otra forma y para ello no vale cualquiera. Por eso admiro tanto a porteros como Casillas o Valdés, por eso nunca les estaré lo suficientemente agradecido a Cañizares, Kahn, Aouate o Palop. Porque su trabajo es el más difícil y el más hermoso. Porque sé cómo se sienten y valoro su sacrificio. Porque su posición es la más importante de la plantilla y su soledad lo más ingrato de este deporte. Comentarios (0)
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